Darwin y las creencias

Darwin y las creencias

La gente tiene creencias. Hasta los que no creen.

Darwin se tuvo que enfrentar a las creencias de la sociedad victoriana. Porque, como escribió en sus anotaciones: “I think” (yo pienso).

La mayor diferencia entre Darwin y su tiempo, es que, mientras que los demás creían, él se atrevió a pensar.

Los niños quieren saber.

De pequeño, a menudo me hacía una pregunta:

¿Por qué tantas personas piensan de manera tan irracional ante situaciones fáciles de racionalizar? Por ejemplo, ante una ideología, o ante conflictos como los de Irlanda del Norte o el Oriente Próximo.

Ahora lo sé: la gente tiene creencias.

En vez de reflexionar sobre ello, repetían consignas en un sentido o en otro, y ni siquiera escuchaban la versión de quien pensaba diferente, lo cual perpetuaba el problema.

Los adultos somos burros.

Cuando me hice mayor y empecé a saber algunas cosas de la vida, me di cuenta de a qué quería dedicarme: quería comunicar cosas complejas de manera comprensible.

Pero me equivocaba. Qué pretencioso. ¡qué burro!

Porque la cosa no era que las ideas fueran complejas o que la gente no las quería entender. El problema era que la gente, debido a sus creencias, no sabía que no las quería entender.

¿Quere esto decir que la gente es idiota? ¡No! (No toda). Lo que pasa es que hay creencias que se tranmiten de padres a hijos y se acaban sedimentando en la cultura popular.

Esto forma una manera de ser y de ver el mundo de una comunidad. Y tener la misma visión del mundo que tu comunidad es muy útil para la supervivencia. 

Creer para sobrevivir.

Así, cuando ves un lobo, no te paras a pensar: “el lobo (Canis lupus) es una especie de mamífero carnívoro originario de Eurasia y Norteamérica…”, sino que crees que es peligroso y echas a correr.

Pero esto no quiere decir que el lobo sea necesariamente peligroso, sino que se ha convertido en lo que ahora llamaríamos un meme: una cosa repetida y repetida fuera de contexto hasta que pierde su significado original.

Creencias populares.

Funciona de la misma manera que los negacionistas del cambio climático o los antivacunas. Se hizo un experimento en el cual a negacionistas del cambio climático se les mostraban pruebas concluyentes de que es real y que existe, y aún así seguían creyendo que no.

Fuerte, ¿verdad?

No intentes convencerlos.

Los psicólogos, sociólogos y otros estudiosos del comportamiento humano lo llaman “sesgo cognitivo”. Y podía ser muy útil para adaptarse al grupo –y, por tanto, para sobrevivir– pero ahora es una gran putada y un obstáculo para el progreso de la humanidad.

Por lo tanto, es inútil intentar canvencer a alguien de algo si cree lo contrario. Está demasiado arraigado. 

El asunto, a mi entender, intentar entender cuáles son sus creencias. Entenderlos, empatizar, ponerse en su lugar. 

¿Qué le mueve? ¿Qué le conmueve?

Porque al final, todos somos humanos; todos sufrimos, reímos, amamos y morimos.

Un juego.

Par acabar, te propongo un pequeño juego de siete preguntas. No hace falta que apruebes ningún examen, solo piensa en ellas:

  1. ¿Qué opinas del conflicto árabe-israelí?
  2. ¿Crees que se ha avanzado lo suficiente en la igualdad entre hombres y mujeres en la sociedad?
  3. ¿Eres de algún equipo de fútbol?
  4. ¿Crees que la vacuna llegarás antes del verano de 2021?
  5. ¿Eres de derechas o de izquierdas?
  6. ¿Sabes, sin consultarlo, cuántos muertos ha habido hasta el momento en la guerra de Siria?
  7. ¿Por qué te interesa tanto el conflicto árabe-israelí?

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